Querido Gonzalo

 

 

Desde el profundo dolor que nos embarga y con las lágrimas aún impidiéndome ver lo que escribo, tengo que decirte que no hay derecho a que nos hayas hecho esto; tu siempre decías que lo tenías asumido, que sabías que nos ibas a dejar antes de hacerte viejo. Pero nosotros no lo teníamos asumido. Estábamos seguros de que tu fuerza de voluntad y tu deseo de vivir vencerían todas las dificultades. Aún en los últimos momentos de tu enfermedad teníamos la confianza de que todo se arreglaría y que un nuevo corazón llegaría a tiempo de permitirte seguir luchando con nosotros hombro con hombro como siempre lo hemos hecho.  Por eso el dolor es, si cabe, mayor. Por eso, el desconsuelo, la impotencia y la rabia sólo son superados por la inmensa pena que nos embarga. Estoy convencido de que allí donde estás vivirás más tranquilo, sin luchas, sin problemas y en la paz más absoluta. Pero aún así, duele, duele mucho.

No puedo dejar de pensar en estos años que hemos trabajado juntos, años y trabajo en los que se ha cimentado nuestra amistad. No puedo apartar de mi mente tu figura, cansada pero feliz, cuando llegabas a contarme la interminable lista de gestiones que habías dejado resueltas. Porque, sin duda, una de las virtudes que te adornaban era tu capacidad de trabajo, tu afán por las cosas bien hechas, lo que te ha costado más de un disgusto, y tu incansable búsqueda de la perfección. Eso sin contar tu honradez y  tu lealtad. Y jamás podré olvidar tu sentido del humor y tu fina ironía. Nunca es más verdad que ahora el dicho de que Dios se lleva a los mejores.

Y ahora viene para nosotros el después. Tendremos que acostumbrarnos a trabajar sin tí. Sé que me va a ser muy difícil suplir tu trabajo en la Federación y en tu querido Consejo Asesor que, si hoy es lo que es, te lo debemos en gran medida a tu inmensa labor. Todos los papeles que tu llevabas los he ido guardando en una carpeta pensando siempre en que cuando tu volvieras los archivarías como a ti te gustaba; pero ahora tendré que hacerlo yo y seguro que no será lo mismo: miro esos papeles y me siento sin fuerzas para empezar. Pero te prometo que lo haré, no tan bien como tu, pero lo haré. Y entre todos sacaremos adelante esta nave para que tú puedas estar satisfecho desde allá donde nos estés viendo. Y seguiremos el trabajo que tan magníficamente has realizado en Tiro Nacional; precisamente allí el Gobierno de la Ciudad va a realizar unas importantes actuaciones que ni siquiera tuve tiempo de comentarte pero que estoy seguro de que conocerás; y precisamente ese Gobierno muestra hoy en toda la prensa sus condolencias por tu marcha: Como los grandes, como los importantes, como lo que tu eras, como aquellas personas que han dejado huella y que se las aprecia antes y después de su último viaje.

Me ha tocado a mi dar la triste noticia a todos los miembros de la Federación, a muchos de nuestros amigos comunes, y he visto llorar a más de uno. Y he llorado con Loli que ha estado a tu lado hasta el último minuto. ¡Qué suerte habéis tenido el uno con el otro! Cuando yo me vaya me gustaría dejar aquí tantos amigos y tanta admiración como tu has dejado. Y sin olvidarme de tus compañeros del mus. ¿Quién va a organizarles ahora sus campeonatos? Te has ido sin jugar la última partida, pero estoy seguro de que donde estás harás amigos con tu misma afición y  seguro que no tardarás mucho en organizar alguna. Y nosotros seguiremos aquí hasta que Dios quiera intentando continuar tu trabajo y guardando tu imborrable recuerdo en nuestros corazones.

Un fuerte abrazo. José Luis.