Sólo el cielo lo sabe
Vaya por delante que creo en Dios. Y creo en Dios por varias razones: Una, porque he tenido la suerte de la Fe; otra, porque se me educó en ello desde bien temprano; y la tercera, por pura lógica, por puro razonamiento seudocientífico, por pura necesidad. Porque díganme ustedes qué clase de tomadura de pelo sería esta vida si los asesinos, los ladrones, los sinvergüenzas, los chorizos y los vividores tuvieran el mismo final, simplemente convertirse en polvo, que los que pasan por la vida haciendo el bien, preocupándose por los demás o, sencillamente, sin hacer daño a nadie. Me ha venido hoy esta vena filosófica leyendo un libro sobre errores judiciales en los Estados Unidos. Errores que, como todos sabemos, tienen difícil solución porque, en la mayoría de los casos, han terminado con la muerte del falso culpable o, en el mejor de ellos, con una larga estancia en la cárcel. Errores que en otros casos acabaron con un asesino, un violador o un ladrón en la calle por un simple tecnicismo o por una mala interpretación de quienes tienen que administrar justicia.
Y lo preocupante es que esto ocurre en cualquier parte, también en España. Hace poco saltaba a la prensa en nuestro País la noticia de un hombre, trabajador, casado y con hijos que tenía que ir a la cárcel por un robo que había cometido, y por el que había sido juzgado, muchos años antes. FEAVEME tampoco ha escapado a algún perjuicio de este tipo. La justicia, a la que respetamos profundamente, está administrada por hombres y, por tanto, sujeta a toda clase de equivocaciones. ¿Cómo se explica que dos jueces que, se supone, aplican la misma Ley, estudian las mismas pruebas y oyen los mismos testimonios, resuelvan de manera tan diferente? ¿Cómo es posible que quienes para un juez son falsificadores o ladrones para otro sean unos corderitos que no han roto un plato en su vida? ¿Por qué tenemos que soportar que personas que se saben culpables nos chuleen y se rían de nosotros en nuestra cara y la de los jueces? ¿Por qué al etarra Txapote y a otros como él tenemos que aguantarles tanto desprecio y tanta prepotencia? Sólo el cielo lo sabe. Sólo el cielo sabe que, quienes lo son, son culpables. Bueno, el cielo y los propios asesinos, ladrones o falsificadores. Pero sólo el cielo podrá pagarles como se merecen. Al tiempo.
José Luis Suárez